Entona el firmamento su canto más radiante,
las lámparas celestes desplazan su belleza
vertiginosa, rauda, con celestial destreza,
cruzando eternidades en un solemne instante.
Los tiernos lucerillos me invitan a que cante
con ellos y les digo que no con la cabeza,
en tanto que extasiado contemplo la grandeza
de Dios en cada estrella que gime rutilante.
El alma se me sale del cuerpo.Ya quisiera ser
una de esas bellas estrellas singulares,
y recorrer espacios y conocer lugares
y pregonar las glorias de Dios. ¡Si sólo fuera
no más que alguna estrella fugaz feliz sería
y yo sería tuyo...y tú serías mía...
Heriberto Bravo Bravo SS.CC




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